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  GILDA

Guerrillera de la bailanta  parte Ambición de cuna

por: Alejandro Margulis

 Miriam Alejandra Bianchi (Gilda) nació en la ciudad de Buenos Aires, bajo el signo occidental de libra y el karma búfalo del horóscopo chino, un 11 de octubre de 1961.

Hija de un matrimonio típico de clase media, la niña que moriría consagrada como santa bailantera llegó al mundo con un obstáculo de origen: el nombre que su madre quiso ponerle no fue aceptado por las autoridades del Registro Civil. Debieron pasar treinta y cuatro años, una carrera imparable y una muerte trágicamente estúpida, para que el Gilda con que esa mujer había querido bautizarla, en recuerdo del famoso personaje protagonizado por la actriz norteamericana Rita Hayworth, se convirtiese en el sobrenombre artístico más idolatrado por cientos de miles de argentinos.

La casa de los Bianchi es una construcción tipo chorizo con jardín al frente en el barrio de Villa Devoto, al 4300 de la tranquila calle Baigorria. Aún hoy sigue existiendo como cuando Miriam Bianchi vivía en ella, aunque ahora esté alquilada a los músicos paraguayos de Pocho la Pantera y sea práticamente imposible entrar a visitarla. Ahí adentro siguen estando la misma pieza que antes había sido el garage y las dos interiores, a ambos lados de un pasillo central, en la segunda de las cuales vivió Miriam los primeros años de su vida. Sus padres ocupaban la de adelante, que si bien tenía menos intimidad resultaba más cómoda para entrar y salir a cualquier hora del día. En la más alejada de la calle vivía Miriam con una abuela gruñona y dominante a la que jamás le confesó sus ambiciones de triunfar en el mundo de la canción.

Cuatro años después del nacimiento de Miriam llegó Omar, un chico ruloso y de carácter sosegado al que le pusieron de segundo nombre Eduardo para diferenciarlo de su padre, que también se llamaba Omar. El padre era un empleado municipal siempre bien dispuesto a disfrutar los placeres sencillos de la vida: adoraba tanto ver los atardeceres marplatenses como oir el canto de los pájaros en las sierras de Tandil, que a esos dos lugares solía llevar a toda la familia en el destartalado Rambler que jamás habían logrado cambiar, y no porque no lo hubiesen querido sino por falta de dinero.

Nunca discutió Miriam con su hermano Omar Eduardo, por nada. Y eso que eran personalidades muy distintas: él siempre fue de pisar sólo donde estaba duro, sólido; ella de arriesgarse todo el tiempo. Sagitario él, libra ella. Serpiente él, bufalo ella. Pero nunca creyeron demasiado en esas cosas de los signos. Cuando Omar Eduardo empezaba el secundario ella ya salía con sus amigas, así que no tuvieron demasiada vida en común durante la infancia. La relación de ambos empezó, en rigor, cuando ella se casó y tuvo a su primer hija, que el padrino fue Omar Eduardo, como correspondía.

-Mi hermano es uno solito y lo amo con todo mi corazón. Se llama Omar y está casado con Mariana, que es como una hermana para mí... -diría de él muchos años después, y es que aquella iba a ser una de las relaciones que iban a sostenerla durante toda la vida.

Pero bueno, la mamá de Miriam y de Omar Eduardo se llamaba Isabel, pero salvo los muy íntimos todos en el barrio le decian Tita; pariente pobre de los Scioli, seguía llevando ese apellido pese a que ninguno de aquellos la invitaba a las fiestas de la familia y mucho menos a los eventos deportivos en los que Daniel, campeón de off-shore y primo suyo, sobresalía como un astro de la televisión. Ni siquiera guardaban noticias de que Tita tuviera veleidades artísticas, que bien que las tenía, y cómo, pero frustradas.

Tita había estudiado de muy joven canto lírico con un profesor particular, un hombre muy buen mozo pero casado. Quienes la escucharon cantar dicen que cuando lo hacía temblaba la araña del comedor. Llegó hasta tocar el órgano en la iglesia San Luis Gonzága, a una cuadra de la casa. Y bien, resultó que ese profesor terminó rindiéndose ante ella: ciego de pasión, la invitó a irse de viaje con él a España con el doble fin de lanzarla al estrellato y de enamorarla. A Tita la invitación la tomó bastante por sorpresa. Era seguro que su madre y sus hermanos se iban a oponer terminantemente a un viaje así. De modo que le pidió al profesor tiempo para pensarlo. Mientras tanto, seguía tomando las clases de canto.

                 ver 2ª parte

Biografía completa, de la inolvidable Gilda.

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El último reportaje a Gilda. por Marcelo Gopar

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"Gilda es pasión", por Jorge Torres y Héctor Lencina.

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